La devoción de Fray Mamerto Esquiú a la Inmaculada Concepción no fue un gesto aislado ni una piedad ocasional. Fue una corriente profunda que atravesó su predicación, su espiritualidad y su manera de comprender la misión de la Iglesia. En los cuatro sermones marianos que se conservan —Sermones de la Inmaculada Concepción en la declaración dogmática de este misterio (p. 262), Sermón de la Inmaculada Concepción (p. 271), Sermón de la Inmaculada (p. 282) y Sermón de María Inmaculada (p. 285)— aparece con fuerza una conciencia mariana lúcida, afectiva y sólida.
Un amor nacido de la contemplación
Para Esquiú, la Inmaculada fue una presencia viva. Sus sermones muestran a un fraile y Pastor que contempla a María desde la cercanía, desde la afectividad: el cariño, la admiración, la confianza. En ella reconoce:
• la belleza de la gracia,
• la victoria del bien sobre el mal,
• la transparencia de un alma totalmente entregada a Dios.Esquiú habla de la Inmaculada con ternura de hijo, con fervor de creyente dejándose inspirar por ella en sus escritos.

