Rosana Triunfetti. Comunicadora Causa Beato Esquiú.
El testimonio de María, devota de Mamerto Esquiú desde su infancia en Avellaneda, Córdoba, revela una fe heredada, viva y transmitida por generaciones.
María Noriega tiene 75 años, conoce a Mamerto Esquiú desde niña: por lo menos setenta años en los que su fe se vio inspirada por este fraile bueno y leal con su pueblo. Ella nació en Avellaneda, en el departamento Ischilín, Córdoba, Argentina. Dice que su fe comenzó desde muy pequeña, de la mano de su madre. Su fe está directamente asociada a ella y a esa mano que la tomaba para ir caminando juntas al Oratorio.
¿Te imaginaste cómo habría sido? Ella cuenta que todos los lunes, a las tres de la tarde, caminaban juntas para rezar el rosario en aquel lugar sencillo donde casi no quedaban paredes: solo muros caídos y un altar que nunca se rindió.
Un horario apto para el invierno, aunque lo imaginamos caluroso en el verano del norte cordobés. Pero ese no era un problema para María, porque la convicción de su madre y su docilidad al espíritu —una devoción de principiante, genuina— la movilizaban. Nunca se hubiera resistido a esa invitación. En ese lugar aún se respiraba la certeza de la promesa de Esquiú.
Allí conoció a Mamerto y aprendió a amarlo como si fuera un familiar importante, a quien admiraba sin hacerse tantas preguntas. ¿Cómo lo hizo? Mirando a su madre cuando le rezaba, esperando, confiando. Siente que a su madre le debe este amor que la acompañó toda su vida: una devoción que acompañó y sostuvo a su linaje familiar.
Con los años, el lugar se reconstruyó y la fiesta volvió a sentirse, porque la fe nunca se fue. María recuerda que Esquiú había prometido volver, y el pueblo cree y siente que cumplió: cuando su cuerpo fue trasladado, debió detenerse allí, en ese oratorio, donde descansó seis horas antes de seguir camino a Córdoba. Solo seis horas, lo suficiente para grabar en la memoria un legado de amor y fidelidad.
“Por eso siempre rezamos por su santificación”, dice María, con la certeza de quien ha esperado toda una vida verlo consagrado santo, al fraile que caminó a su lado en todas las etapas de la vida.
Hoy, como entonces, cada enero la fe se renueva. La misa vuelve a celebrarse, el obispo llega, el pueblo se reúne. Y María sabe que lo que recibió de su madre —ese amor generoso y duradero por Esquiú— sigue vivo, transmitido de generación en generación, por una promesa cumplida.
Ubicación: Avellaneda se encuentra situada a 2 km de la Ruta Nacional 60-km 801, a 25 km de Deán Funes, por un camino de tierra, a 15 km de Ischilín, también por un camino de tierra, y a 80 km de la Ciudad de Córdoba.
Foto y producción: Marisa Madera, Avellaneda. Difusora de la fama de santidad del Beato Esquiú.

