José I. Tula. Era comerciante. Hombre de caminos y carros, nacido en Ramblones, Catamarca, formado en el Colegio Nacional de esa ciudad y radicado, ya de grande, en Córdoba. No era escritor. No era cronista. ¿Tendría algún motivo especial para que la historia lo recordara?.
Guardó ese recuerdo durante 46 años. El 11 de mayo de 1929 se sentó a escribir. No para dejar un testimonio oficial. Solo para cumplir, dijo él mismo, «una aspiración del espíritu, abrigada desde hace mucho tiempo.».
Lo que escribió es una carta breve, sencilla, profundamente humana. Y tiene líneas que no se olvidan:
«Vi sus sandalias y sus plantas y se grabaron tan fuerte en mi memoria, que es como si las viera actualmente.»
«Yo le ví una hora y media antes de morir. ¡Qué dicha grande es la mía!.»
«Tal vez la última bendición que dio en su vida mortal… para que alumbrase mi camino y me guiase en el sendero de la vida.»
📖 La carta completa, en este link.

