Por Rosana Triunfetti · Comunicadora de Causas de Santidad.
Calles angostas, cables eléctricos cruzando el cielo, casas de colores apretadas entre sí. Sampaloc, Manila. Desde una capilla cercana al Santuario de San Antonio de Padua se percibe el movimiento de una comunidad urbana en el corazón de la ciudad: rodeada de escuelas, pequeñas casas y calles concurridas, pero profundamente arraigada en la fe y la tradición.
Ahí mismo, entre el pulso vivo de la ciudad y la devoción popular, habita la memoria de un amigo franciscano. Un profeta de la unidad, un argentino auténtico, un predicador de la paz. Un hombre que abrazó la orfandad vaciándose para entregarse a su pueblo: el franciscano, Beato Mamerto Esquiú. El pastor que nació hace doscientos años con esa marca, y cuya espiritualidad sigue expandiéndose por el mundo.
Cuesta creerlo, pero es real.
Génesis, misionero en Manila, conoció a Esquiú de una manera que él mismo no dudó en llamar «una joya escondida» en este rincón de Filipinas. En un correo nos contó su historia además de pedir le enviemos estampas del Beato Esquiú para llevar a los enfermos y ancianos. Compartimos el diálogo.
Génesis, ¿cómo fue tu encuentro con el Beato Esquiú en Filipinas?
– Muchas gracias por la oportunidad de compartir esta historia. Mi encuentro con el Beato Mamerto Esquiú fue muy reciente y providencial. Lo conocí a través de un laico franciscano que me lo presentó durante una conversación espiritual. Hasta ese momento, no sabía mucho sobre él. Lo primero que me impactó su profundo espíritu franciscano: humildad, obediencia y amor por el bien común. Mientras el laico compartía su vida, me sentí atraído por ese testimonio de fe vivido tanto en la contemplación como en la responsabilidad pública. Resonó con mi propia devoción a los santos cuya santidad se expresa a través del servicio, el liderazgo y la silenciosa fidelidad a Dios.
¿Podés darnos una imagen del lugar, para que imaginemos la presencia de Esquiú en Filipinas?
– Estamos en Sampaloc, Manila, cerca del Santuario de San Antonio de Padua. Somos una comunidad urbana en el corazón de la ciudad, rodeada de escuelas, pequeñas casas y calles concurridas, pero profundamente arraigada en la fe y la tradición. Servimos bajo el patrocinio de Nuestra Señora de los Desamparados. Nuestra comunidad de capilla se remonta a 1936: comenzó como un pequeño lugar de oración donde los vecinos se reunían en devoción. Con el paso de las décadas se fue convirtiendo gradualmente en una comunidad vibrante que brinda alimento espiritual a generaciones enteras. Aquí la fe se expresa de maneras sencillas pero sinceras: novenas, procesiones en las fiestas, rosario en familia y devoción profunda a los santos. En 2010 iniciamos formalmente nuestro apostolado visitando a los enfermos en sus hogares, animando a los jóvenes y apoyando a los niños mediante la catequesis. Ahora nos estamos reconstruyendo lentamente —después de la pandemia— a través de las reuniones de nuestra Comunidad Eclesial de Base. Nos juntamos semanalmente para reflexionar y compartir la Palabra de Dios, y continuamos las visitas pastorales a los enfermos y ancianos.
En esa construcción comunitaria, ¿cómo hacen presente a Esquiú?
– En muchos sentidos, la vida tranquila y el humilde servicio del Beato Mamerto Esquiú resuenan profundamente con lo que nos esforzamos por vivir hoy. Su fidelidad silenciosa, su corazón pastoral y su sencillez nos inspiran mientras reconstruimos nuestra misión paso a paso. Por eso nos hemos interesado en compartir su santidad dentro de nuestra comunidad, viéndolo como una joya escondida que bendice silenciosamente este rincón de Manila.
Agradecemos esta conexión espiritual que une a Argentina y Filipinas a través del testimonio del Beato Mamerto.
Con profundo respeto en Cristo, Génesis Warrior. Filipinas.

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